Dialogo Interior: Voz Guía o Critica

Componentes de la autoestima:

  • El autoconcepto
  • Las creencias

Cuanto más conocimiento tengamos de nosotros mismos, más posibilidades tendremos de descubrir nuestro valor como personas.

El autoconcepto

A partir de nuestro autoconocimiento, nos creamos una idea de nosotros mismos (auto concepto), definiendo nuestras características físicas, afectivas, sociales, intelectuales, etc. Nuestro auto concepto, no deja de ser una percepción de la realidad y no la realidad en sí misma. Por este motivo, en la medida en la que dicha percepción englobe más o menos aspectos positivos y cualidades de mi persona y mi vida, más fácil será que tenga una autoestima positiva, aunque no siempre es así.

Hay personas que reconocen que tienen muchas cualidades: se consideran inteligentes, responsables, respetuosas, perseverantes…. Sin embargo, no se sienten reconocidas por su entorno, lo cual les lleva a sentirse inseguras a la hora de expresar sus opiniones. De la misma manera, hay personas que tienen un auto concepto más débil y sin embargo, su autoestima es más positiva, porque se aceptan tal y como son y se sienten reconocidas por su entorno.

Las creencias

Uno de esos factores influyentes son las creencias. Podríamos definir las creencias como juicios hondamente arraigados, fruto de mensajes que nos han transmitido desde que éramos niños o de experiencias muy intensas que hemos vivido en un momento determinado, y a partir de las cuales, hemos sacado unas conclusiones y hemos generalizado, extrapolando dichas conclusiones a cualquier situación similar que pueda producirse en nuestra vida. Cuando dichos juicios, se refieren a nuestra persona, a nuestras capacidades, potencial, cualidades, defectos, etc., estos afectan directamente a nuestra autoestima.

En definitiva, el auto concepto y la autoestima están estrechamente vinculados y se afectan mutuamente. Un buen auto concepto es un punto de partida para desarrollar una autoestima positiva, si bien es cierto que hay otros factores que impactan en nuestra autoestima.

Por ejemplo, si de pequeños, cada vez que nos equivocamos, escuchamos a nuestros padres frases como: “¿eres tonto o qué?” “qué torpe eres”, “¡quieres prestar atención!”… En este caso, cada vez que cometamos un error, lo sentiremos como un fracaso, y lo que es peor, nos sentiremos “tontos” o “torpes”, reforzándose en lo más profundo de nosotros esas creencias que dañan nuestro auto concepto y autoestima, al tomarlas como verdades absolutas e irremediables. Este tipo de creencias se denominan creencias limitantes, porque nos inhiben de afrontar retos y/o nos generan una sensación de inseguridad, de miedo, que, como vimos en el tema 1, repercute negativamente en nuestro rendimiento y en los resultados que obtenemos.

Pensamientos, creencias, interpretaciones

Joseph O’ Connor, en su libro Coaching con PNL, afirma que las creencias limitantes:

Son las principales culpables de que no alcancemos nuestros objetivos ni vivamos nuestros valores.
Actúan a modo de normas que nos impiden lograr lo que en realidad es posible, aquello que somos capaces de conseguir y nos merecemos.

Hay tres tipos de creencias que nos impiden alcanzar nuestros objetivos:

  • Aquellas que nos generan dudas sobre si es posible o no, alcanzar un objetivo.
  • Aquellas que nos generan dudas respecto a nuestra capacidad para alcanzarlo.
  • Aquellas que nos generan dudas sobre nuestro merecimiento de alcanzarlo.

Por el contrario, si en nuestra infancia, al equivocarnos, recibimos de nuestros padres mensajes como: “cuando aprendemos es normal equivocarse”, “los errores nos sirven para aprender”, etc., las equivocaciones y los fracasos no nos afectarán a nuestra valía como personas, lo veremos como algo normal en el proceso de aprendizaje y recordaremos que, si tenemos confianza en nosotros y perseveramos, finalmente lo conseguiremos, antes o después. Este tipo de pensamientos y comportamientos afectarán positivamente a nuestro auto concepto y autoestima, a la valoración de nosotros mismos. Este tipo de creencias se denominan creencias potenciadoras, ya que contribuyen a generar confianza y seguridad en las personas.

De adultos, sin darnos cuenta, seguimos generando creencias respecto a nosotros mismos y los demás. Pero, ¿cómo se construyen las creencias? Para contestar a esta respuesta, veamos la “escalera de inferencias” de Peter Senge y Fred Kofman, mediante la que podemos ver que, a partir de unos datos observables o hechos, hacemos una serie de interpretaciones que nos llevan a unas conclusiones determinadas que condicionan nuestras acciones.

Acción ⊗

Creencias ↑

Juicios ↑

Interpretación ↑

Selección y articulación ↑

Datos ↑

Veamos cómo subimos cada peldaño de la escalera de inferencias mediante el desglose de una situación sencilla (realizar una presentación ante la empresa):

Todos parecen atentos, excepto mi jefe, que parece aburrido y distraído. Aparta sus ojos somnolientos y se lleva la mano a la boca (selección de detalles).
No hace ningún comentario hasta el final de la presentación, cuando señala: “Creo que deberíamos pedir un informe completo” (datos observables).

En esta empresa, eso suele significar: “Pasemos a otro tema” (articulación). Obviamente mi jefe me considera incompetente. Seguro que los demás se mostraban atentos por educación (interpretación).
Es obvio que mi presentación ha sido un desastre (juicios).
Está claro que no valgo para esto (creencias).
La próxima vez será mejor que las haga mi compañero, él sí que sabe hablar en público (acciones).

Y así, cuanto más creo que “no valgo para hacer presentaciones”, más inseguro me siento, más evito tener que hacerlas o cuando las hago, me pongo nervioso, me equivoco y refuerzo la creencia adquirida.

Nuestras creencias influyen sobre los datos que seleccionamos la próxima vez y la forma en cómo los interpretamos, es decir, tiene lugar un proceso reforzador en donde no se ponen en tela de juicio estas creencias, sino que se opera en el mundo tratándolas como si fuesen certezas y permitiendo que ellas condicionen nuestras observaciones, y por lo tanto, nuestras decisiones y acciones.

Dependiendo de la selección, articulación e interpretación de los hechos, podemos generar juicios y creencias diferentes, incluso diametralmente opuestas. Si en el caso anterior, hubiéramos centrado la atención en las caras atentas y hubiésemos interpretado que el jefe estaba cansado porque había pasado una mala noche por su hijo pequeño y que pedir “el informe completo” era una muestra de interés, nuestro juicio podría haber sido que la “presentación había sido un éxito”. Y así, en la siguiente presentación, llegaría lleno de confianza y seguridad a la reunión, dando lo mejor de mí al realizar la presentación.

Las distorsiones cognitivas

Habitualmente, el proceso de interpretación de la realidad se produce de forma automática y casi inconsciente para nosotros. En este proceso de interpretación, podemos “caer en la trampa” de cometer distorsiones cognitivas, es decir, podemos distorsionar la realidad si procesamos la información de forma errónea, sesgada. Dichas distorsiones, pueden tener importantes repercusiones en nuestra autoestima y en nuestro estado emocional.

Albert Ellis y Aaron Beck, los prestigiosos psicoterapeutas que desarrollaron la terapia cognitiva, observaron durante su práctica clínica, que este tipo de distorsiones se repetían con frecuencia en sus pacientes, y establecieron una clasificación de las distorsiones cognitivas. A continuación destacamos las más frecuentes:

Pensamiento polarizado o dicotómico: consiste en interpretar las situaciones y juzgar a las personas de forma absoluta sin contemplar posibilidades intermedias. Por ejemplo: “siempre estoy sola”, “te da igual todo”…

Personalización: consiste en pensar que toda la atención de los demás está puesta en uno/a mismo/a.

Sobregeneralización: consiste en extrapolar conclusiones de un hecho particular a todas las situaciones en general.

Filtraje o abstracción selectiva: centrarse en ciertos aspectos, generalmente negativos, de una situación, obviando otros aspectos relevantes para poder interpretarla correctamente. Por ejemplo: recibimos feedback en el trabajo, destacando 10 aspectos positivos y un aspecto negativo y centramos toda la atención en el negativo, sintiendo, en consecuencia, frustración.

Magnificación: Consiste en sobredimensionar una situación o sensación. Por ejemplo: “estoy harta”, “ya no puedo más”, “esto es insoportable”…

Lectura de pensamiento: consiste en presuponer pensamientos o intenciones negativas de los demás, sin prueba alguna. Por ejemplo: “seguro que se está riendo de mi”.
Etiquetar: Juzgar a la persona en su totalidad por una conducta en particular. Clasificar poniendo adjetivos inamovibles a nuestra forma de ser, en vez de describir el comportamiento de la persona. Por ejemplo: “soy un fracasado” en lugar de “me he equivocado”.

Debeísmo”: consiste en obsesionarse con lo que “debería ser”, en lugar de aceptar las realidad. Este tipo de distorsión les ocurre a personas con reglas rígidas y exigentes sobre cómo deben ser la cosas. Por ejemplo: “yo debería ser una madre/hijo/hermano perfecto/a”.

Falacia de justicia: creer que todo debe ocurrir de una manera determinada y que si no es así es injusto.
Falacia de cambio: dar por sentado que la felicidad de uno depende del comportamiento que los demás tengan hacia él/ella o de las circunstancias. Razonamiento emocional: creer que si uno se siente de una manera determinada tiene que haber un motivo real para sentirse así. Por ejemplo: “si siento tantos celos será porque hay razones para tener sospechas”.

Descalificar lo positivo: restar importancia, ignorar o quitarle valor a experiencias positivas, centrándose principalmente en lo que va mal.
Adivinación: augurar algo antes de que ocurra. Por ejemplo: “el examen me va a ir fatal”.

Sesgo confirmatorio: prestar únicamente atención a aquellos aspectos de la realidad que confirmen mis ideas preconcebidas.
Visión catastrofista: pensar que siempre va a ocurrir lo peor.

Todas estas distorsiones, dan lugar a interpretaciones erróneas de la realidad, simplificadas o desajustadas, generan emociones desagradables y, en muchos casos, perjudican nuestra autoestima. Si queremos reducir nuestras distorsiones cognitivas, el primer paso consiste en reconocer que existen y estar atentos a lo que nos decimos a nosotros mismos para tratar de detectarlas. Este paso es la llave para poder desarrollar nuestra inteligencia emocional.

En la medida en que seamos conscientes de “lo que nos decimos a nosotros mismos”, podremos analizar el proceso de interpretación que hemos seguido. Es decir, podremos volver atrás (antes de la conclusión o juicio emitido), para revisar los datos de la realidad que hemos seleccionado y la interpretación que hemos hecho de los mismos. Cuando tomamos conciencia de qué datos hemos elegido, debemos preguntarnos:

¿Estoy basándome realmente en hechos objetivos o tal vez son juicios y presuposiciones adquiridas previamente? En muchas ocasiones partimos de suposiciones en vez de hechos.
¿Puedo ampliar la información recogida? Si hemos obviado otros datos relevantes de la situación que estamos interpretando, porque hemos aplicado nuestro propio filtro, necesitaríamos ampliar nuestra perspectiva y recoger otros datos que pueden ser relevantes y cambiar nuestras conclusiones respecto a la situación.

¿Puedo encontrar otras interpretaciones lógicas y posibles que me hagan sentir mejor? Sí podría haber más interpretaciones posibles de los datos que hemos seleccionado.

La dificultad para plantearnos todas estas preguntas se produce porque todo este proceso de interpretación suele ser inconsciente y sale a la luz en forma de pensamientos automáticos, es decir, aparecen sin que “nadie les haya llamado”, pero nos afectan profundamente.

Por eso, el precio de no hacer conscientes estos pensamientos automáticos, es que perdemos la oportunidad de revisar y reformular dichas distorsiones que, como vimos anteriormente, perjudican a nuestro bienestar emocional y nuestra autoestima.

Cuando estos pensamientos aparecen constantemente, de forma repetitiva, es necesario realizar un proceso para lograr sustituirlos por otros más saludables:

Detectar: Para poder detectar las distorsiones cognitivas, necesitamos prestar atención a nuestros pensamientos negativos y escribirlos para poder identificarlas. Estos pensamientos automáticos suelen ser mensajes taquigráficos, cortos y pueden ir acompañados de una imagen visual breve. A menudo incluyen las palabras: siempre, nunca, injusto, bueno, malo, debería, no debería, tengo que…

Analizar qué tipo de distorsiones cognitivas estoy cometiendo y cómo me están influyendo en mis emociones y comportamientos.

Reinterpretar: Cuestionar las distorsiones y cambiar esos pensamientos irracionales por otros más adaptativos, racionales u objetivos, que me hagan sentirme bien y que no tengan repercusiones negativas en mi entorno. Para ello, necesitamos:

  • -Generar para cada pensamiento distorsionado o negativo, uno o varios pensamientos alternativos. Estos deben ser creíbles y realistas para nosotros.
  • -Repetirnos los pensamientos alternativos cada vez que sea necesario hasta que estos se interioricen, formando parte de nuestro esquema mental, y sustituyan a los pensamientos irracionales.
Detectar  Analizar  Reinterpretar
Prestar atención y anotar mis pensamientos negativos. Identificar las distorsiones Cuestionar y cambiar mis pensamientos por otros más realistas y positivos y repetirlos.

A veces, es difícil encontrar pensamientos alternativos adecuados. Tenemos que encontrar algo que nos creamos, que no sea el simple contrario de lo que nos dice nuestro temor y que sea realista.

Además de buscar un pensamiento con estas características, basándonos en la distorsión concreta que hayamos encontrado, pueden ayudarnos los siguientes consejos:

Frena las interpretaciones precipitadas: cambia de perspectiva y busca una interpretación lo más objetiva posible. Puedes analizar la situación, haciendo un listado de los puntos a favor y en contra de tu interpretación, o bien puedes decirte: “no tengo datos para saber si realmente es como pienso”, “como sé que tengo tendencia a interpretar, es probable que en este caso también lo esté haciendo”, y sobre todo: “esperaré hasta que la realidad me confirme o desmienta lo que estoy pensando”. Si no te dejas llevar por tus propios temores, al cabo de un tiempo, siempre llegarás a una conclusión más objetiva.

Huye del catastrofismo y de la generalización: si te encuentras diciéndote “siempre será así”, “nunca se arreglará”, fuérzate a especificar, a no salirte de la situación concreta que te está afectando: “no por eso las cosas me han de ir mal siempre”.

Utiliza argumentos autos afirmativos: cuando te sientas desesperado contigo mismo y/o tu situación actual, piensa en los recursos que tienes para afrontar situaciones. Puedes enumerarlos o hacer un recuento de las veces anteriores que has superado situaciones parecidas: “tengo recursos para que las cosas me vayan bien y no por el miedo a que me vayan mal me va a ir mal realmente”.

Oriéntate hacia soluciones, huye de los auto reproches: siempre que te culpabilices o reproches cosas, piensa que “machacarte” no te ayuda a solucionar la situación. Tampoco se trata de “quitarle hierro” al asunto y hacer como si nada hubiera pasado. El reto está en plantearse y encontrar la respuesta a las siguientes preguntas:

  • ¿Qué puedo hacer para solucionar la situación?
  • ¿Quéaprendizajepuedosacardeestasituaciónparaelfuturo?
  • ¿Quépodríahacerdiferentesimeencuentrodenuevoenunasituaciónsimilar?

Las creencias irracionales

Además de la influencia de las distorsiones cognitivas, Albert Ellis consideraba que, gran parte de los problemas psicológicos, se debían a patrones de pensamiento irracionales, los cuales definió como creencias irracionales. Definió un total de diez que te presentamos a continuación:

Para un adulto es absolutamente necesario tener el cariño y la aprobación de sus semejantes, familia, amigos.
Debo ser indefectiblemente competente y casi perfecto en todo lo que emprendo. Ciertas personas son malas, viles y perversas y deberían ser castigadas.

Es horrible cuando las cosas no van como a uno le gustaría que fueran.
Los acontecimientos externos son la causa de la mayoría de las desgracias de la humanidad, la gente simplemente reacciona según cómo los acontecimientos inciden en sus emociones.

En definitiva, si recordamos la máxima de “No es lo que me pasa, sino lo que pienso sobre lo que me pasa”, podremos buscar diferentes formas de interpretar lo que sucede a nuestro alrededor, en vez de caer de forma automática e inconsciente, en las “distorsiones cognitivas”.

Se debe sentir miedo o ansiedad ante cualquier cosa desconocida, incierta o potencialmente peligrosa.
Es más fácil evitar los problemas y responsabilidades de la vida que hacerles frente. Se necesita contar con algo más grande y más fuerte que uno mismo.

El pasado tiene gran influencia en la determinación del presente.
La felicidad aumenta con la inactividad, la pasividad y el ocio indefinido.

Estas creencias están expresadas en términos inflexibles, rígidos. Ahí radica el motivo por el que son irracionales. Serían racionales si las flexibilizáramos un poco. Por ejemplo: “para un adulto es absolutamente necesario tener el cariño…”, se convertiría en algo razonable si lo expresáramos de la siguiente manera: “para un adulto es deseable tener el cariño…”.

En conclusión, podemos cuidar nuestra autoestima simplemente prestando atención a nuestras creencias y siendo capaces de cuestionarlas, de cambiar de perspectiva cuando detectemos que nos estamos limitando a nosotros mismos. No tenemos por qué ser víctimas de nuestras ideas y pensamientos. No somos nuestros pensamientos, somos el pensador que puede elegir lo que quiere pensar. Pero para poder elegir, primero tenemos que ser capaces de reconocer lo que está ocurriendo dentro de nuestra mente.

En el próximo tema, profundizaremos en este poder que tenemos de transformar nuestros pensamientos, nuestras creencias y redirigir nuestra atención hacia nuevas perspectivas más productivas.

Los valores

Además de tener muy en cuenta nuestras creencias, todas las personas nos comportamos en función de una serie de valores seamos más o menos conscientes de ellos. Los valores son estructuras de nuestro pensamiento que se convierten en pautas o guías de nuestras acciones. Nuestros valores pueden no coincidir con nuestros deseos, pero sentimos que debemos intentar realizarlos si no queremos lastimar nuestra autoestima y tener la sensación de que perdemos categoría como personas.

En la medida en la que seas consciente de cuáles son aquellos valores verdaderamente importantes para ti y que quieres que sean “el faro” que guíe tu comportamiento en los distintos ámbitos de tu vida, podrás adquirir más coherencia, reforzar tu autoestima y lograr tus metas. En la medida en la que sintamos que vivimos de acuerdo con nuestros valores más profundos, sentiremos reforzada nuestra autoestima y, si nos alejamos de ellos, sentiremos una incoherencia interior que nos puede llevar a cuestionar nuestra valía.

La autocrítica

Teniendo en cuenta la pirámide de necesidades de Maslow, podemos deducir que los seres humanos buscamos, además de cubrir esas necesidades básicas, satisfacer otras más elevadas, emocionales y espirituales. Si no tuviéramos mecanismos que nos permitieran cubrirlas, sucumbiríamos muy rápidamente. La autocrítica es uno de estos mecanismos, pues nos ayuda a evaluar las situaciones que nuestra percepción registra como difíciles. Hace que nos cuestionemos a nosotros mismos y a los demás para decidir, y nos sirve de guía para saber cómo reaccionar y qué hacer, nos protege, previene de fracasos, frustraciones… Es un potente mecanismo de control de nosotros mismos frente al exterior. Surge y somos conscientes de él cuando algo nos frustra o decepciona, aunque en realidad se encuentra siempre presente en nuestros pensamientos y emociones.

Existen dos tipos de autocrítica:

La autocrítica patológica o crítico interior, que hace que la persona se sienta muy mal consigo misma y se pueda llegar a bloquear. El término fue acuñado por el prestigioso psicólogo especializado en autoestima, Eugene Sagan. El término crítico interior fue elaborado por John Amodeo en su libro Crecer en intimidad y es utilizado para denominar a la crítica patológica. El crítico interior le sirve a la persona con baja autoestima de guía correctora para lograr cubrir esa necesidad de sentirse válido: indica cuándo han actuado de forma correcta o incorrecta, cuándo se acercan o se alejan de obtener el tan anhelado cariño de los demás.

La autocrítica sana o guía interior, que hace que la persona tome conciencia de la situación y busque soluciones. Las personas con una autoestima sana cuentan con el guía interior, que en lugar de centrarse en el problema y culpabilizar como hace el crítico interior, ayuda a tomar decisiones respecto a situaciones y personas, con el fin último de lograr su autorrealización.

A continuación te presentamos algunas de las características del crítico interior y del guía interior, con el objeto de facilitar la detección del primero y promover una relación sana con nosotros mismos, fomentando el segundo:

El guía interior:

Se presta a ser cuestionado o modificado. Ofrece flexibilidad.
Usa un tono amable y apaciguador.
Utiliza un lenguaje objetivo, realista y constructivo para describir la situación, nuestra conducta y posibles soluciones. Nos ayuda a valorar otros puntos de vista. Nos avisa de que algo que hacemos no está bien, pero desde la aceptación incondicional.
Mantiene un diálogo con preguntas potenciadoras con nosotros, nos hace preguntas constructivas para enfocarnos hacia nuestras necesidades y objetivos. Busca siempre una solución. Su objetivo es volver a una situación de bienestar y en esa línea buscará qué hacer. Ante una acción errónea, existen tres alternativas: buscar cómo enmendar o arreglar el error; pedir perdón o dejarlo pasar por considerar que sus consecuencias no son muy graves.
Te compara contigo mismo, ayuda a despertar tu afán de superación. Si no consigues algo, no te compara con los demás, sino que te recuerda otras situaciones en las que has sido capaz de conseguir algo y te motiva para mejorar. Te ayuda a recuperar la confianza y el orgullo para superarte.
Está en contacto directo con sus sentimientos y emociones, aceptándolas de forma incondicional, sin juzgarlas. Aunque no sepa definir qué está sintiendo o tenga varios sentimientos a la vez, no se los reprochará o reprimirá. Los acoge, los escucha y nos ayuda a buscar fórmulas saludables de expresarlos y canalizarlos.

Mientras que el crítico interior:

Se comunica de forma incuestionable y rígida.
Su tono es severo y culpabilizador.
Usa un lenguaje taquigráfico y distorsionado. Generaliza para transmitirnos que la repercusión de nuestro error es tan enorme, que no vamos a poder remediarlo.
Exige de forma inflexible.
Utiliza el castigo como solución al error cometido.

Te compara con los demás, te hace sentir inferior o culpable por no ser capaz de conseguir tus objetivos.
Bloquea o reprime las emociones y sentimientos “no válidos”, hasta el punto de que hay personas que, aparentemente, no son capaces de sentir ira, por ejemplo. Si el sentimiento clama demasiado por salir, se rechaza o se autoculpa por sentirlo, tachándose de débil, egoísta, etc.

Para ello sustituir al crítico interior por el guía interior son necesarios los siguientes pasos:

Tomar conciencia e identificar al crítico interior. Para ello, nos fijaremos en:

  • El lenguaje de nuestra voz interna: si escribimos los mensajes que nos decimos, podremos comprobar si cumple o no las características descritas antes.
  • Nuestras sensaciones y sentimientos: Si tenemos sensaciones de opresión, es el crítico interior el que nos está hablando. Si, por el contrario, la sensación es de alivio, es el guía quien nos habla.

Separarnos de su voz crítica, tomar distancia de ella.
Reconocer al crítico interior como una parte nuestra y permitirnos expresar el posible enfado, desesperación, etc. que se siente respecto a él.
Comprender lo que quiere el crítico: ¿qué quiere que haga? ¿de qué me quiere proteger? ¿qué función está ejerciendo? ¿Qué estoy necesitando?
Buscar la sensación genuina al guía interior como otra parte que se encuentra debajo y escucharle.

Para ello, necesitamos:

  • Escuchar, reconocer nuestras emociones y sentimientos, aceptándolas.
  • Cambiar el lenguaje y el tipo de mensajes que utilizamos para relacionarnos con nosotros mismos.

Nuestra conducta

La forma en la que nos relacionamos con nuestro entorno, depende e influye en nuestra autoestima.

Una conducta asertiva, es la base de una autoestima sana, como expresa la psicóloga Olga Castanyer en su libro Asertividad, expresión de una sana autoestima.

La asertividad (en el tema 6 profundizaremos en las claves para desarrollarla) es la capacidad de hacer valer los propios derechos, sin dejarse manipular y sin manipular a los demás, o lo que es lo mismo, respetándose a sí mismo y a los demás. La asertividad no es solo una conducta. Es el conjunto de pensamientos, sentimientos y conductas. Si una persona no tiene pensamientos y sentimientos asertivos y respetuosos, no podrá mostrar una conducta asertiva.

Según Castanyer: «hay dos formas de no ser asertivo: en un extremo está la sumisión, es decir, la supeditación de uno mismo a los deseos y elecciones de los demás – y en el otro extremo está la agresividad, el intento de supeditar al otro a los propios deseos y elecciones».

Para poder expresar una opinión contraria a la de los demás, poder decir no, poner límites a los demás, etc. hay que sentir que uno es digno de ser respetado y eso solo se consigue si uno se respeta y quiere, a su vez, a sí mismo. Y si uno siente esa dignidad, la aplicará también a los demás y se mostrará respetuoso con ellos. La persona asertiva se siente legitimada para pensar y actuar de modo propio, cree en unos mismos derechos para sí y para los demás, mientras que la persona sumisa no siente esa legitimización y la persona agresiva intenta quitársela a los demás.

A continuación mostramos una tabla resumen con las conductas propias de una persona con una sana autoestima y otros propios de una persona con una autoestima baja.

Autoestima sana Autoestima baja
Se “felicita” a sí misma por sus logros, se siente valiosa por sí misma y no necesita el reconocimiento de terceros. Busca la valoración externa, porque necesita el reconocimiento de los demás para otorgarse valor a sí misma.
Actúa con autenticidad, sin obsesionarse con “el qué dirán” y de acuerdo con sus propios criterios. Actúa sin autenticidad, buscando “evitar” las críticas de los demás, le preocupa en exceso “el qué dirán”, los juicios de los demás.
Se plantea metas vitales y da los pasos para conseguirlas, para auto- realizarse como persona. No se permite plantearse metas, porque se siente atrapada por sus circunstancias, y por tanto, no da los pasos para auto-realizarse como persona.
Expresa sus opiniones, gustos o aquellas cosas que le molestan con respeto y sabe decir “no”. No lleva la contraria y evita tener que decir “no”. Evita enfrentamientos, por miedo a provocar rechazo en los demás.
Expresa sus emociones y sentimientos de forma saludable. Reprime sus emociones y sentimientos o estalla sin control, cuando ya no aguanta más.

En definitiva, tus comportamientos, acciones, hábitos, pueden reforzar o mermar tu autoestima. A modo de resumen, recuerda siempre:

Respétate y valórate a ti mismo, independientemente de las valoraciones y circunstancias externas.
Actúa con autenticidad, es imposible dar gusto a todo el mundo.
Reconoce, expresa y haz respetar tus necesidades, tus sentimientos, tus derechos… Valora y muestra respeto hacia los demás (evitando reproches, desprecios o ataques).

Da los pasos necesarios para auto-realizarte.

No permite faltas de respeto ni las comete hacia los demás. Consiente faltas de respeto y puede incurrir en ellas cuando se muestra agresiva. Según Olga Castanyer, «la persona con baja autoestima tiene la siguiente certeza: yo valgo menos».
Tiene conductas predominantemente asertivas. Con frecuencia adopta conductas sumisas, aunque puede oscilar y tener conductas agresivas.
Delega y confía en los demás. Trata de controlarlo todo y no sabe delegar.
Toma decisiones responsables y coherentes, respetuosas, con sus valores y sus metas. Se siente insegura a la hora de tomar una decisión por sí misma y siente que debe pedir consejo y tener el beneplácito de otras personas “más valiosas” que ella.
Dedica tiempo a cuidarse y hacer actividades que le hacen sentir bien. No encuentra tiempo para cuidarse porque no se considera merecedor de ello.
Pide lo que necesita con buenas maneras. Evita hacer peticiones para no importunar o exige de malas maneras.
Sabe recibir críticas y dar feedback constructivo. No sabe gestionar correctamente las críticas (le bloquean o estalla) y evita dar feedback (para evitar el rechazo) o es muy agresivo (porque no se siente respetado).

Vía: Experto Universitario en Inteligencia Emocional (UNIR)

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